A sus 44 años, la valenciana completó la carrera en 21 horas, 5 minutos y 32 segundos, superando en casi 40 minutos la anterior mejor marca. Pérez compartió su experiencia durante la prueba, que comienza en la Cuenca de Badwater, 85 metros bajo el nivel del mar, y concluye en el Portal Whitney, puerta de acceso al Monte Whitney, que se eleva a 2.530 metros.
“Los 52 grados generan un primer impacto de miedo. Antes de la carrera comenté a mi hermano y un par de amigos que estaba asustada. La temperatura es abrumadora y el aire es tan seco que puede irritar las fosas nasales. Tuvimos que aplicarnos una crema especial para que el aire caliente no nos agrediera. Este año, la temperatura nunca descendió de 49 grados durante la noche, un año donde otros años alcanzaba los 43”, relató.
De acuerdo con la página oficial de la competencia, el recorrido en el Parque Nacional Valle de la Muerte -el lugar más caliente del mundo- presenta un desnivel acumulado de 4.450 metros de ascenso y 1.859 de descenso, lo que representa un gran desafío para los corredores.
“A los 60 kilómetros hay una subida de 27 kilómetros, seguida de un descenso de 22, que drena por completo las piernas. Posteriormente hay otro ascenso de 24 kilómetros. El aire es abrasador; es como si entrases en una freidora de aire. El ambiente te deshidrata y es difícil mantener un ritmo. Sin embargo, disfruté muchísimo”, relató Pérez, quien comenzó la prueba a las 10 de la noche.
“El éxito radicó en seguir estrictamente las pautas de hidratación y nutrición”, añadió. Durante la carrera, consumió 25 litros de agua, además de carbohidratos y sales de sodio. La pérdida extrema de líquidos puede provocar agotamiento y calambres, y la atleta apenas se detuvo dos veces para orinar durante las más de 21 horas que tardó en completar la prueba.
“Fueron totalmente meticulosos. Hasta me chupaba el brazo y, dependiendo de cuán salado estaba, sabía si necesitaba más sales o no. Puede sonar poco convencional, pero fue efectivo”, detalló.
“Escuchar a mi cuerpo era clave, aunque a medida que avanzaba en la prueba, me sentía cada vez mejor. Tuve un momento complicado alrededor del kilómetro 160, cuando mi equipo no pudo abastecerme durante tres kilómetros en medio de los 52 grados, pero no fue grave. Estuve bien acompañada por mi equipo que me proporcionó agua, toallas frías y hielo. Verlos cada 15 minutos me motivó mucho. En la última parte, en los últimos 20 kilómetros, me di cuenta de que aún tenía fuerzas”, cerró.
La idea de esta competencia extrema se gestó a principios de los años 70, cuando algunos ultrarunners estadounidenses intentaron conectar el punto más bajo y el más alto de Estados Unidos continental: la Cuenca de Badwater y el Monte Whitney. El primero en lograrlo fue Al Arnold, quien en 1977 alcanzó la cima tras 80 horas de recorrido, después de varios intentos fallidos. Diez años después, la carrera se estableció como un evento anual para unos pocos atletas seleccionados.
Para participar, los corredores deben haber completado al menos cuatro carreras extremas de 100 millas (160,93 kilómetros) y superar un test psicotécnico. Las duras condiciones de la prueba demandan no solo resistencia física, sino también fortaleza mental.
La organización no proporciona asistencia ni suministros. Cada corredor debe organizar su propio apoyo, que los acompaña en un vehículo y les brinda agua, hielo, comida y primeros auxilios. A partir del kilómetro 130, estas personas pueden descender del vehículo y acompañarlos, lo que a menudo resulta crucial.
En cuanto a los premios, no existen recompensas económicas. Los corredores que logran completar la prueba en 60 horas o menos reciben una medalla o una hebilla conmemorativa para el cinturón. Aquellos que se embarcan en este desafío lo hacen impulsados únicamente por su pasión por el ultra trail.








