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Una vida entre el fútbol y el tango: la apasionante historia de Hernán Castiello

10 agosto, 2026
in Deportes
Una vida entre el fútbol y el tango: la apasionante historia de Hernán Castiello
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En la imagen de perfil de su WhatsApp, no se encuentran ni Gardel ni el Polaco Goyeneche. En su lugar, aparece un Maradona altivo, posando con la camiseta de la selección Argentina. “Cuando era futbolista, era el jugador que cantaba. Y después me convertí en el cantor que jugó al fútbol”, nos comentó Hernán Castiello, conocido como Cucuza, quien se destaca en diferentes escenarios, aunque su experiencia en el fútbol no se limita al verde césped.

A sus 57 años, Cucuza se ha consolidado como una de las voces más distintivas del tango, logrando adaptar las letras más icónicas del rock argentino al ritmo del 2X4. Sin embargo, su trayectoria comenzó en el deporte: como futbolista profesional, formó parte del plantel y compartió cancha con figuras como Fernando Redondo, Fernando Cáceres y Leonel Gancedo. Su relación con Diego Maradona también fue notable, fusionando deporte y música. Al fin y al cabo, es una expresión artística con diversas facetas.

Desde los 6 años, Cucuza comenzó a jugar al baby fútbol, y al mismo tiempo, a esa misma edad, ya interpretaba tangos con varias voces destacadas. Fue en la adolescencia, entre los 16 y 17 años, cuando se vio obligado a elegir una trayectoria, ya que el entrenamiento diario y sus actuaciones nocturnas se volvían incompatibles. “Decidí priorizar el fútbol, y en aquel momento no lo dudé ni un segundo. Pensaba que la carrera de futbolista era corta y que siempre podría retomar el tango, que son mis dos pasiones”, explica, reflexionando sobre su camino.

Las camisetas que vistió desde sus inicios se grabaron en su memoria como un código de identidad. “Comencé en el club Parque y luego hice inferiores en Argentinos Juniors, donde siempre se fomentó el buen juego. Jugaba de 4, pero no era un negado con la pelota; de hecho, llegué a jugar de 8 en la Sexta. Me gustaba ir al ataque, sobre todo con Cáceres de 2, así que siempre que podía, me unía al ataque”, bromea.

-¿Fue en esa etapa cuando conociste a Maradona?

“Mi admiración por Diego es la misma que siente cualquier argentino. En la categoría 69 estaba con Hugo, el Turco Maradona. Los fines de semana era habitual que vinieran Don Diego, Doña Tota y los hermanos. A veces, él también asistía. Recuerdo haber pasado noches en su casa de la calle Cantilo, en Devoto. Diego ya era una leyenda; todo allí me asombraba. Tenían césped sintético, algo poco común en ese entonces, y hasta televisión en el baño. Además, contaban con una heladera que dispensaba hielo a través de un botón. Con el tiempo, mis encuentros con él se hicieron más esporádicos, pero siempre que nos veíamos, él lograba hacerte sentir cercano.

-Esa conexión te permitió vivir un momento cumbre de su carrera, cuando volvió de México tras ganar el Mundial de 1986.

“Sí, fue en la misma casa de Cantilo. Era increíble. Teníamos alrededor de 300 personas afuera esperando. Justo estaba en quinto año, acompañado por un amigo, José Carlos Iglesias, cuando salió Lalo Maradona. Me vio, me dijo: ‘Cucu, vení, pasá’. Nunca actúe tan egoístamente. Le dije a mi amigo: ‘Esperame acá’. Entonces entré. Ya estaban Tota, Lalo y Diego, colgado de un arnés en el parque, estirando la cintura. Había vuelto muy adolorido del Mundial. No puedo expresar lo que sentía en ese momento. Luego, se descolgó y se acercó al comedor, y no sabía qué decirle. Aún así, me vio y me abrazó, preguntándome: ‘¿Qué hacés, Cucu? ¿Cómo anda el tango?’. A pesar de haber sido campeón del mundo, tenía esa humildad que lo caracterizaba.

-En Argentinos llegaste a estar en el banco de Primera, pero no lograste debutar, ¿por qué sucedió?

“Deseaba jugar más y establecerme en Primera. Firmé mi primer contrato, jugué bastante en Reserva y llegué a ir al banco. Cuando voy a cantar con mi esposa, le pido que me desee suerte. Ella suele decirme: ‘¿Para qué? Sabes lo que tienes que hacer, va a salir bien’. Pero le respondo que la suerte es importante, y en mi caso, no la tuve. Justo en mi mejor etapa, cambió el técnico y me dejó fuera. La suerte cuenta, pero después hay que saber aprovecharla; eso es esencial”.

-¿Cómo proseguiste con tu carrera después?

“Como no tenía lugar, pedí el pase, pero el presidente me convenció de quedarme. Terminé a préstamo en Tigre en el Nacional B y, al regresar, quedé libre. En ese momento, pensé en dejar el fútbol, pero Nito Veiga, el técnico que me había promovido a Primera, me llamó para ir a Aldosivi. Tenía sus reticencias por mi apariencia, pero me gané su respeto con buen juego.

-¿Quiénes fueron tus mejores entrenadores?

“José Batista, padre del Checho y del Bocha, y José Pekerman, quien fue mi técnico desde Sexta hasta Reserva. Ambos brindaban libertad para jugar.”

-Te retiraste a los 25 años debido a una lesión. ¿Fue difícil tomar esa decisión?

“Sufrí una ruptura de ligamentos cruzados y meniscos en la rodilla derecha. Tendría que haber sido una decisión complicada, pero no lo fue. Intenté varias cosas para recuperarme, pero en retrospectiva, no guardo rencores. Jugué con grandes figuras que hicieron de mi experiencia un disfrute, como Redondo, el Negro Cáceres, Rudman, el Bocha Batista y el Pipa Gancedo. También el Turquito Maradona, que muchos no recuerdan, pero poseía mucho de Diego. Por momentos, jugaba en picados con el Bichi Borghi, un gran jugador, muy inteligente.

Tras la lesión, el tango tomó el protagonismo en su vida. Su hijo Mateo, de 28 años, no pudo verlo jugar profesionalmente, pero gracias a YouTube, pudo mostrarle con quién compartió el campo. Aunque hincha de Atlanta, tiene un respeto por Argentinos. “Le aclaré que es como nacer en un país y mudarse a otro. Nació en Atlanta, pero se radicó en River”, bromea.

“Cantor y futbolista (nunca ex)” es la biografía que Cucuza muestra en Instagram, una clara evidencia de que ambas pasiones coexisten en su vida. “Quizás no sea un genio, pero soy bueno en ambas actividades”, destaca con humildad. Desde niño, actuó junto a leyendas del tango, como Floreal Ruiz, Rufino o Goyeneche, incluso ganó una piscina de lona en un programa de televisión a principios de los 70. Al abandonar el fútbol, la música lo envolvió por completo, sin compartirla con el deporte. Su enfoque se inclinó hacia la fusión de tango y rock.

“Siempre se dice que el tango espera. A mí me atrapó de niño por mis padres, y el rock fue la música que escuché a través de mi hermano. Por eso, tomé temas de rock y los adapté al tango”, detalla sobre esa alquimia musical que en su voz se convierte en magia. Este estilo cautivó incluso a Charly García y emocionó a Maradona. Un nuevo reencuentro con Diego tuvo lugar el 14 de diciembre de 2019, durante un partido homenaje al periodista Sergio Gendler. Apenas un año antes de su fallecimiento, Maradona, que entonces dirigía a Gimnasia, se presentó en el evento donde ambos compartieron su amor por el fútbol, interpretando juntos “El sueño del pibe”, un tango que recuerda a un joven promesa y que era uno de los favoritos de Maradona.

“Cantaba bien, era afinado, transmitía emociones, al igual que en el fútbol. Diego tenía música en su ser, lo que también explicaba su buen baile. Podría haber destacado como cantante”, reflexiona Cucuza, demostrando su vasta experiencia en ambos mundos.

“Aquella jornada fue grabada en video, reviviendo aquel emocionante dueto. No lo esperaba. Pipa Gancedo fue quien lo alentó. Diego se despidió de los presentes y el Pipa le comentó: ‘Cucusita quiere dedicarte un tango’. En ese momento, sentí que me moría”, remarca.

“No lo conocí en su mejor etapa, ya que llevaba una apariencia que había cambiado con el tiempo, pero allí estaba, afeitado”, recuerda sobre la presentación del ídolo. En un episodio previo, mientras los futbolistas se encontraban en el vestuario esperando la llegada de Maradona, se escuchó el murmullo característico que lo antecedía. “Estaban Sorín, Gancedo, el Lobito Ledesma; el Checho Batista estaba en línea y nos confirmó: ‘Ya viene el Gordo’. Estaba sentado cerca de la puerta, listo para recibirlo. Cuando finalmente se presentó, abrí los brazos y le dije ‘Cucusita’. Y su respuesta fue: ‘Cucuza, te pasó un tren por encima’. A mí solo me importaba que recordara quién era yo”, finaliza con una mezcla de nostalgia y alegría.

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