Desde el martes 4 de agosto, día recordado como el más crítico entre ambos países en décadas, Brasil mantendrá la comunicación con Argentina únicamente a través del encargado de negocios que permanecerá en la embajada de Buenos Aires, una sede inaugurada hace 15 años durante los mandatos de las presidentas Cristina Kirchner y Dilma Rousseff.
La crisis comenzó formalmente el 26 de julio, cuando el ministro de Relaciones Exteriores brasileño, Mauro Vieira, llamó a consultas al embajador en Argentina, Julio Bitelli, mostrando así el rechazo del país al discurso emitido por Javier Milei en San Pablo, en el que descalificó a Luiz Inácio Lula da Silva.
A pesar del impacto que conlleva la retirada del jefe de misión en Buenos Aires, tanto desde la Presidencia como desde la Cancillería brasileña se buscó evitar que la situación escalara. El experimentado embajador Bitelli se reunió en al menos dos ocasiones con Lula, quien estaba interesado en informarse directamente sobre los acontecimientos en la Casa Rosada.
No obstante, a medida que pasaron los días, la paciencia de Lula se fue agotando ante una nueva serie de insultos lanzados por Milei a partir del domingo 2 de agosto. La situación se tornó insostenible y Lula, un político experimentado que ha lidiado con conflictos laborales y negociaciones con potentes empresarios, ya no podía ignorar las provocaciones de su colega argentino.
Los ataques de la semana pasada se sumaron a los insultos propinados el 25 de julio, cuando Milei llamó a Lula “ladrón” y “presidiario” durante el lanzamiento de la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL).
Durante los diez días de crisis, el líder del Partido de los Trabajadores (PT) evitó entrar en confrontación directa, limitándose a responder con ironía ante las extravagancias del libertario en una particular actuación en San Pablo, donde Milei fue escuchado junto a un Flávio Bolsonaro que utilizó una tijera gigante como símbolo de sus propuestas de campaña para las elecciones del 4 de octubre.
El martes pasado por la noche, el gobierno brasileño anunciaba un nuevo estatus en la relación con Argentina, elevada a nivel consular, y al mismo tiempo, expresaba su rechazo ante los intentos de “injerencia” de Estados Unidos en el proceso electoral brasileño. En un extenso comunicado, se acusó a la administración de Trump de intentar influir en las elecciones mediante la llegada de funcionarios del Departamento de Estado, cuya llegada fue impedida por la negativa de Brasil a otorgar visas.
Asimismo, se denunció que Trump y su canciller, Marco Rubio, habían revocado la visa de la embajadora brasileña en Washington, María Luiza Ribeiro Viotti, designada por Lula a comienzos de este año. Tanto Ribeiro Viotti como Vieira son diplomáticos de carrera, difíciles de clasificar con etiquetas como “lulistas” o de ser acusados de cultivar un “antinorteamericanismo”, algo que se les imputa desde el sector más radical del bolsonarismo, en particular por Flávio Bolsonaro y su hermano, Eduardo Bolsonaro, que reside en Estados Unidos.
Eduardo había establecido una conexión con Milei antes de su ascenso a la presidencia y ha mantenido esta relación a través de múltiples encuentros, algunos en el marco de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC).
En julio de 2024, Eduardo y su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, fueron anfitriones de Milei durante esta cumbre en Camboriú, un destino del sur de Brasil considerado un bastión de la extrema derecha, donde el apoyo a los Bolsonaro sigue siendo notable.
Milei arribó a Camboriú con un grupo reducido, incluyendo a su hermana Karina, así como a Manuel Adorni y Luis Petri, quienes ocupan roles relevantes en su gobierno. Durante su intervención, Milei atacó al socialismo y elogió a Jair Bolsonaro, quien a la postre enfrentaría una condena de 27 años de prisión en 2025 por intentos de golpe de Estado.
A diferencia de su presentación en Camboriú, donde no hubo ataques directos a Lula, en San Pablo la situación fue muy distinta, con el actual canciller argentino, Pablo Quirno, manifestando gestos de simpatía hacia Flávio Bolsonaro, lo que se interpretó como un respaldo institucional a su candidatura y, paradójicamente, un obstáculo para la diplomacia entre ambos países.
De acuerdo a informes, la comunicación entre los cancilleres Vieira y Quirno sería menos efectiva que la que existía anteriormente entre Vieira y la exministra de Exteriores, Diana Mondino.
Colaboradores de Lula que hablaron en el marco de los recientes eventos en el Planalto sostienen que las acciones de Milei responden a una estrategia impulsada por Trump para limitar la reelección del presidente brasileño. Por ende, las reacciones ante las provocaciones de Buenos Aires y Washington son similares. Invitar al embajador de Milei a salir de Brasilia es en esencia análogo a no otorgar el placet a Daniel Pérez, candidato de Trump como representante ante Lula, quien, a pesar de contar con la aprobación del Senado estadounidense, solo podría recibir el aval de Brasilia tras las elecciones del 4 de octubre, donde un eventual balotaje se programaría para el 25 de octubre. Otorgar este respaldo antes de esos comicios sería visto por el entorno de Lula como un apoyo a Flávio Bolsonaro y sus maniobras desestabilizadoras.
Octubre también seria el momento en que el gobierno brasileño evaluaría la posibilidad de normalizar las relaciones con Argentina, aunque esta opinión se circunscribe a ciertos analistas de medios.
Simultáneamente a las crisis con Argentina y Estados Unidos, Lula llevó a cabo reuniones con otros gobiernos que comparten su preocupación ante las injerencias en el proceso electoral de Brasil. El jueves pasado, recibió al canciller mexicano Roberto Velasco Álvarez, con quien discutió realidades regionales y la posible visita de la presidenta Claudia Sheinbaum, cuya presencia aún no se ha confirmado.
El acercamiento entre estas dos potencias regionales responde a la vigilancia conjunta ante la injerencia de Estados Unidos y el avance de gobiernos de derecha, como el de Milei, que actúan al frente de esta ola conservadora. Ni Lula ni Sheinbaum asistieron a las recientes tomas de posesión en Colombia y Perú, donde sí estuvo el mandatario argentino. Hace dos semanas, tras convocarse a consultas a su embajador en Buenos Aires, Lula sostuvo una conversación con el presidente chino Xi Jinping, que se extendió por cerca de una hora, no solo en el contexto de la tensión con Argentina, sino también respecto a los roces con Estados Unidos. Días antes, Brasil había impedido el ingreso de funcionarios del Departamento de Estado, y ambos coincidieron en la necesidad de fortalecer su relación “estratégica”, garantizar la “soberanía” brasileña y condenar las “interferencias” estadounidenses.









