La acción, organizada con anticipación, involucró una variedad de elementos ruidosos: megáfonos, platillos, cacerolas y sartenes, todos utilizados por los fanáticos para generar el máximo estruendo posible.
La intensidad del ruido llevó a la delegación ecuatoriana a solicitar la asistencia de la policía, especialmente después de un largo viaje de casi nueve horas hasta el lugar del encuentro. A pesar de intentar cambiar de habitación en el hotel, se encontraron con que no había disponibilidad.
Aunque la policía llegó pasadas la medianoche, los hinchas continuaron saltando y haciendo ruido bajo la lluvia. Los agentes, provistos de escudos, se limitaron a vigilar la zona y a asegurar que la circulación no se bloquease, pero el tumulto no cesó de inmediato.
Finalmente, tras varios llamados de la delegación sudamericana y con la intervención de las fuerzas de seguridad, la multitud comenzó a dispersarse después de la medianoche. Sin embargo, en ese momento el plantel ecuatoriano ya había pasado horas sin poder dormir, justo antes de un partido crucial.
El director técnico Javier Aguirre había convocado al “jugador número 12” (la hinchada) para apoyar a México, y los aficionados respondieron con una vigilia ruidosa que perturbó la estancia de los ecuatorianos.









