A los 40 años, es el fundador y propietario de Fin del Mundo Asados, un restaurante que rinde homenaje a la gastronomía argentina. Comenzó con una inversión mínima, pero su negocio ha crecido, transformándose en una propuesta más compleja. En sus propias palabras: “El verdadero sueño americano, para mí, es Perú”.
Al establecerse en Lima, continuó vinculado a la empresa de marketing que lo empleaba en Argentina, al tiempo que buscaba generar ingresos adicionales. Se aventuró en la venta de alfajores y empanadas, y junto a sus padres, abrió un hostel. Pronto organizó la Expo Argentina, un evento para conectar a emprendedores argentinos que residen en Perú, lo que le reveló una oportunidad imprevista.
“Nos dimos cuenta de que la gastronomía argentina era un nicho poco desarrollado, a pesar del enorme cariño que existe entre argentinos y peruanos”, recordó.
Así nació Fin del Mundo Asados, que inicialmente se enfocó en ofrecer una experiencia de asado tradicional patagónico en el marco de la Expo Argentina. La aceptación fue tan positiva que decidieron establecer un restaurante permanente. El primer local era pequeño y requirió una inversión mínima: “Era un traspaso, ya estaba equipado y prácticamente solo tuvimos que agregar algunas cosas. Habremos invertido unos US$2000, exagerando”, detalla.
El menú era simple, centrado en asado, empanadas y milanesas. Con el tiempo, y tras comprender mejor el funcionamiento del negocio gastronómico en Perú, abrió un segundo local que ofrecía un ambiente más amplio y variedad de platos argentinos.
Guerra sostiene que el secreto del éxito de su emprendimiento radica en la propuesta gastronomía argentina, que presenta una alternativa diferente al paladar peruano: “La cocina argentina se enfoca en la calidad de la carne y menos en los condimentos. Eso atrae, pero lo que realmente conecta es el vínculo afectivo entre ambos países. Muchísimos peruanos viajaron a Argentina, conocieron nuestros productos y volver a probarlos les genera un viaje emocional”.
Más allá del restaurante, Guerra destaca que uno de los mayores activos de Perú para aquellos que deseen emprender es la previsibilidad del mercado. “Hay mucho apoyo al emprendedor, los impuestos son relativamente bajos y existe una estabilidad económica que transforma la forma de hacer negocios”, enfatiza.
Particularmente, esa estabilidad impacta en la estrategia de inversión. Por ejemplo, una heladera comprada hoy “probablemente costará lo mismo dentro de un año. Lo mismo sucede con muchos insumos y alimentos. Esto permite planificar por etapas y no estar presionado para invertir todo el capital desde el inicio”.
Esta situación significa que “no es necesario invertir una gran cantidad de dinero para protegerse de incrementos. Se puede adquirir lo que realmente se necesita cuando se requiere”. Sin embargo, iniciar un negocio no es una tarea sencilla.
Guerra advierte sobre la burocracia en Perú, donde se requieren numerosos permisos y trámites administrativos. Por eso, aconseja llegar con toda la documentación adecuada y un respaldo financiero sólido.
“Hay que tener una base económica que permita resistir entre seis meses y un año —subraya—. Aunque el producto sea excelente, se necesita tiempo para consolidar una buena ubicación, hacer marketing y brindar un servicio de calidad”.
En su experiencia, combinar estos factores aumenta las posibilidades de éxito. Para quienes deseen abrir un restaurante similar a Fin del Mundo, estima que hoy se necesitan cerca de US$15.000 para establecer un local de entre 70 y 80 metros cuadrados completamente equipado.
Aún así, enfatiza que el capital no debe ser una obsesión: “Mi consejo es llevar la mayor cantidad de capital posible, pero no pensar que hay que gastarlo todo desde el principio. La estabilidad permite un crecimiento por etapas”.
También sugiere estudiar detenidamente el mercado antes de lanzarse. “No hay que ser apresurado. Con los precios casi estables, no hay urgencia por invertir de inmediato. Esto brinda tiempo para tomar decisiones más reflexivas”, señala.
“Encontrar la manera de conectar con el pueblo peruano a través de la hermandad con Argentina fue crucial. En mi caso, también influyó la historia familiar relacionada con un veterano de Malvinas. Esa cercanía fue sincera y ayudó a generar confianza desde el inicio”, concluye.









