Según indicó, la inestabilidad ha sido la principal traba para el progreso. Durante los últimos 45 años, Australia alcanzó un crecimiento del 272%, Chile un 444%, mientras que la Argentina solo logró un 106% y enfrentó 20 años de recesión. La diferencia en inversión también es notable; mientras que Australia y Chile destinan cerca del 24% de su PIB a este aspecto, Argentina apenas alcanza un 15%.
Para ofrecer una perspectiva más concreta, Domecq señaló que Argentina exporta aproximadamente 2,000 dólares anuales por habitante, en comparación con los 6,000 dólares que logra Chile. “La inversión argentina ha crecido muy poco; el país gasta mucho y ahorra poco, lo que resulta en inversión baja y un crecimiento del consumo igualmente limitado”, explicó, y añadió que “la inversión es la hormona que impulsa un crecimiento sostenido en el tiempo”.
El experto destacó que Argentina avanzó del puesto 66 al 58 en el ranking de competitividad del IMD en el transcurso de dos años, gracias a la estabilización macroeconómica, la reducción de la inflación y el equilibrio fiscal. Sin embargo, alertó sobre la persistencia de desajustes estructurales, indicando que en términos de eficiencia gubernamental ocupa el puesto 65 entre 70 países y, en cuestiones impositivas, el 66.
Asimismo, el economista apuntó a problemas relacionados con la infraestructura, altos costos logísticos, acceso al financiamiento, elevada carga tributaria, informalidad y deficiencias en el capital humano. “Argentina ha avanzado en términos de competitividad, pero hay un largo camino por recorrer”, concluyó.
Sobre el futuro, menciona que “es obvio que la continuidad es el camino; aquí no hay retorno, no hay nada que buscar en el pasado”. También agregó que “la estabilidad es un punto de partida, y luego se debe considerar cómo se concibe un ciclo económico de crecimiento sostenido. Es fundamental consolidar la estabilización macroeconómica, avanzar en la reforma impositiva, mejorar la infraestructura, reducir los costos logísticos y financieros, así como fortalecer el marco legal y las instituciones”.
El panorama de competitividad varía considerablemente entre sectores. El sector energético, por ejemplo, se encuentra en una fase de transformación, según Ricardo Markous, CEO de Tecpetrol. “Vaca Muerta ya está en marcha”, señaló, y detalló que actualmente este sector presenta un superávit de 13,000 millones de dólares, con proyecciones de producción que alcanzarán un millón de barriles diarios (70% no convencional) para fin de año, y 1.5 millones hacia el final de la década. Se estima que el superávit energético podría crecer entre 30,000 y 40,000 millones de dólares en ese período. Hoy, se invierten alrededor de 13,000 millones de dólares, y las proyecciones para el próximo año son de hasta 20,000 millones.
“Vaca Muerta será clave como segundo motor de la economía”, afirmó Markous, quien también mencionó la importancia de una articulación efectiva entre el sector público y privado para maximizar los beneficios de este recurso.
La minería también muestra señales de crecimiento. María Eugenia Sampalione, directora ejecutiva de Newmont Argentina, destacó la importancia de la estabilidad macroeconómica. “La estabilidad es fundamental para transformar oportunidades en decisiones de inversión. Argentina tiene el potencial de convertirse en un proveedor estratégico a nivel mundial, pero debe replantearse en un horizonte de 20 años”, dijo.
Sampalione enfatizó que la competitividad debe ir de la mano de una inversión sostenida en la cadena de valor, el uso de tecnología adecuada, un diálogo constructivo con el sector público y una estructura institucional sólida. “La estabilidad es una condición esencial para la inversión”, añadió.
El sector agropecuario estuvo representado por Salvador Muñoz, presidente de una empresa salteña con más de 2,000 empleados. Relató que iniciaron como agricultores de frutas y hortalizas, enfrentándose a retos relacionados con la logística, los mercados y el clima. Para hacer frente a estos desafíos, decidieron diversificar sus cultivos y añadir valor a su producción. “Hoy no vendemos nada en su estado natural; todo tiene valor agregado”, explicó. Además, resaltó que “la clave radica en confiar en la gente, que es lo que se necesita para crecer”.
Cuando se le preguntó sobre la adaptabilidad del empresario argentino, dijo: “No debería cambiar. Hay un espíritu brillante en nuestro empresario que ha sabido adaptarse a los cambios, independientemente de la cantidad de ministros que han pasado a lo largo de los años”.
Un ejemplo notable es el de Christian Otero, cofundador de una reconocida cadena de heladerías que comenzó en Mar del Plata y ya se expande en países como Estados Unidos, Italia y Marruecos. Otero comentó sobre cómo se dieron cuenta de la oportunidad de ofrecer un producto de alta calidad junto a una experiencia diferenciada. A pesar de las dificultades iniciales, lograron expandirse hacia Buenos Aires y, posteriormente, al exterior. “Estados Unidos fue una gran escuela; el aprendizaje ha sido fundamental para entender cómo adaptarnos a diferentes mercados”, explicó.
Por último, Rosana Cordero, CEO de una pyme que provee a la industria automotriz, subrayó la importancia de integrar la cadena de valor. Relató que, tras una crisis significativa en 2001, su empresa reivindicó su posición y creció de 40 a 400 empleados. “La cadena de valor es clave para el cambio; debemos trabajar juntos como colegas, no solo como competidores”, concluyó.









