Para quienes tuvimos el honor de presenciar una nueva proeza de este equipo, surge una certeza irrefutable: estos futbolistas nunca se rendirán. Para ellos, la búsqueda de la gloria es incesante y no hay límites que puedan detenerlos.
Tratar de justificar una reacción tan intensa desde la objetividad de la táctica o la estrategia sería caer en un análisis superficial y casi injusto. Esta hazaña se forjó más con la esencia del potrero que con las fórmulas en un pizarrón.
La clave de su éxito radica en la indiscutible calidad de un grupo de futbolistas excepcionales, pero, por encima de todo, en un permanente y sagrado retorno a sus orígenes. En la cancha, se desenvuelven con la misma voracidad y frescura de sus años infantiles, cuando el único trofeo que buscaban era el respeto en los torneos barriales.
Nadie se dejó influir por la tensión palpable en un estadio repleto, tampoco se intimidaron ante los famosos nombres de su rival, ni temieron ser criticados por una jugada fallida en un momento crucial.
Siempre avanzaron, con la meta clara ante sus ojos, dejando al adversario desbordado. Lo abrumaron con un fútbol brillante y lo demolieron en el aspecto psicológico. Lanzaron una lluvia de disparos sobre el arco rival sin piedad, evidenciando la inquebrantable jerarquía de un campeón que nunca se conforma.
Sin duda, no fue un partido común; por ello lo enfrentaron con esas características que definen la identidad del fútbol argentino. La victoria histórica consolidó la leyenda de un equipo que, sin lugar a dudas, ha alcanzado el estatus de la mejor Selección argentina de todos los tiempos.








