Su hogar, al que llama “casita de corcho”, está edificado con piedras y paja, recubierto de plásticos que lo protegen del severo clima montañoso. Allí, una jauría de diez perros custodia el lugar y vigila el ganado.
La jornada de Alfonso inicia antes del amanecer, entre las 4 y las 5 de la mañana. Para encender el fuego, utiliza leña de mora y estiércol seco de vaca, al que se refiere como “muñeca”, el cual recolecta y almacena durante la temporada seca. Antes de salir, prepara su desayuno y su almuerzo.
Entre las 6 y las 6:30, comienza el ordeñe de sus cabras, logrando actualmente extraer leche de entre 22 y 23 de ellas cada día. La constancia es esencial: si un animal falta al ordeñe durante dos días, su producción desciende. Luego, se ocupa de los cabritos y corderos más pequeños o huérfanos, a quienes alimenta manualmente.
“Tiene que gustarte… uno siente por sus animales. Cuando uno nace, hay que estar hasta el último protegiéndolo y cuidándolo”, afirma Alfonso, convencido de que el trabajo con los animales requiere de una vocación genuina.
Regresando a la sierra, Alfonso se empleó con otros ganaderos, pero su anhelo de independencia prevaleció: “Ya me cansé de ser peón. Yo pensé en mi futuro y mis animales. Prefiero mi animal”, recuerda.
Comenzó con solo cinco cabras, que adquirió mediante intercambios y compras. Después de diez a quince años de arduo trabajo, logró conformar un hato cercano a los 200 animales, entre cabras y borregos.
Además de producir leche, Alfonso elabora queso de cabra. Cuaja la leche fresca con pastilla de cuajo, la deja reposar entre 25 y 60 minutos y luego amasa la mezcla a mano. Le agrega sal y la coloca en moldes tradicionales. Los restos se convierten en pequeños quesos, a los que llama “cachitos”, que guarda para su propio consumo.
Baja al pueblo únicamente los martes y sábados para comercializar sus productos y adquirir provisiones. El trayecto desde la cima le toma entre tres y cuatro horas. Cuando lleva queso, parte de madrugada, alrededor de la 1, cargando tres o cuatro bloques. Vende el kilo a 10 soles a sus clientes habituales.
Después de cada jornada, comparte un almuerzo de arroz con trucha frita, pescado por él en un río cercano. Siempre muestra su gratitud hacia Dios y hacia quienes han colaborado en su camino.
Al despedirse, resume lo que lo motiva a seguir: “A mi hija especialmente es mi motor y un motivo de seguir adelante por ella, y mi nieta especialmente también.”









