Los datos son reveladores, comenzando por el ámbito del comercio exterior. En la última década, el intercambio comercial con China casi se ha duplicado, aumentando de USD 15.200 millones en 2016 a USD 27.200 millones proyectados para 2025. Hasta agosto de 2026, China se ha convertido en la principal fuente de importaciones argentinas, representando el 22,9% del total, superando levemente a Brasil, tradicionalmente nuestro mayor socio comercial.
Adoptar una perspectiva multilateral en la inserción internacional, más allá de una elección entre dos potencias, resulta esencial en un mundo cada vez más fragmentado. Las cadenas de valor, el financiamiento y la innovación tecnológica no dependen de un solo actor. En esta diversificación de relaciones, el país tiene mucho que ganar. Ampliar los lazos con Estados Unidos, Europa, China y nuestros socios regionales incrementa el margen de maniobra y reduce la dependencia de una única fuente de financiamiento, mercado o tecnología.
En este contexto, China emerge como una valiosa fuente de inversión potencial para Argentina, en proyectos tanto productivos como de infraestructura, además de profundizar los flujos comerciales. Las oportunidades de cooperación, especialmente en el ámbito científico-tecnológico, son áreas aún por explorar. Un caso destacado de colaboración es el Clúster de Innovación Tecnológica Argentina-China (CITAC), que fue recientemente presentado en la Universidad de Buenos Aires (UBA) con el objetivo de fomentar proyectos conjuntos y transferencia tecnológica en campos como inteligencia artificial, biotecnología y computación cuántica.
El ejemplo de Brasil es relevante para ilustrar cómo se puede establecer una relación inteligente con potencias globales, alineada con los propios intereses, siguiendo lo que la literatura sobre América Latina denomina “No Alineamiento Activo”. En respuesta a la guerra arancelaria de Donald Trump, el presidente Lula da Silva fortaleció sus lazos con Beijing, sin descuidar las negociaciones con Washington. Entre enero y agosto de 2026, Brasil exportó a China USD 77.070 millones, lo que representa un incremento del 15% en comparación con el año anterior. En términos generales, China está cerca de constituir el 30% del comercio exterior brasileño.
Asimismo, se puede observar esta diferencia en el enfoque dentro del sector automotriz. Ante el notable aumento de vehículos de origen chino en el mercado brasileño, se optó por negociar una política pública que acompañara esos flujos comerciales con una estrategia de inversión y producción local. Entre 2024 y 2025, Brasil captó casi USD 23.000 millones en compromisos de inversión de automotrices chinas como BYD, GWM y GAC. En el caso de BYD, esta firma se ha establecido en Bahía y planea un cronograma de integración local que le permitirá, desde 2027, exportar al Mercosur aprovechando los beneficios del origen regional.
Este ejemplo sectorial refleja la estrategia general de Brasil, que desarrolla sus relaciones exteriores en el marco de una política industrial explícita, algo que el actual gobierno argentino no ha implementado ni siquiera tiene previsto. En enero de 2024, Lula presentó el plan Nova Indústria Brasil (NIB), con un horizonte hasta 2033, que moviliza alrededor de USD 60.000 millones a lo largo de todo el período, con directrices y objetivos claros. En contraste, en Argentina no se vislumbra una política productiva y la única herramienta vigente es el RIGI, un régimen de incentivos a grandes inversiones, carente de exigencias de contenido local y sin objetivos de encadenamiento productivo o transferencia tecnológica.
En resumen, fortalecer una relación con China no implica romper los vínculos existentes con Estados Unidos o Europa, ni renunciar a ellos. Se trata de establecer una conexión madura con las potencias actuales basada en una estrategia independiente de política industrial, negociaciones conjuntas en la región y cooperación científico-tecnológica. Indudablemente, China puede desempeñar un papel significativo en esa estrategia.
Aldo Ferrer solía afirmar que “cada país tiene la globalización que se merece”, sugiriendo que una economía debe asumir la iniciativa en la formulación de políticas públicas y su inserción internacional. En consecuencia, la globalización de los años 90 no debía considerarse un destino ineludible al que rendirse pasivamente. Con decisiones autónomas y una visión clara, el proceso de globalización podría orientarse a favor de un proyecto nacional. La misma lógica se aplica hoy si sustituimos “globalización” por “China”. El éxito o el fracaso en esta senda dependerá de nuestra activa intervención como país.









